Relatos de prostitutas mujer piruja

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Creo que mis gemidos se escuchaban hasta afuera del cuarto. Apenas pude incorporarme y meterme en la boca su fierro. Estaba grande, tieso y caliente. Mientras chupaba como desesperada me di cuenta de que sentía las piernas empapadas. Las medias estaban pegadas a mis piernas con mucho sudor. Nuestros cuerpos estaban empapados. Empezó a vaciarse en mi boca, sentía el esperma muy adentro de mi garganta.

Era la primera vez que comía macho así. Ni siquiera a mi marido le había permitido terminar en mi boca. Los dos desfallecidos quedamos acostados, uno al lado del otro. Me colocó en rodillas y manos y comenzó a acariciar bruscamente mi trasero. Sin demora, me entalló toda su virilidad hasta el fondo. Mi apretado bollito tardó unos segundos en amoldarse al miembro. Se quedó así, sin moverse. Apenas unos segundos, y de repente comenzó a bombearme frenéticamente, como si nunca hubiera tenido una mujer.

No pude resistir, me vine nuevamente y sentí morirme de excitación cuando con sus manos intentó tomar toda mi cintura. Me tenía bien entallada y mi nidito, de tanta venida, ya no tenía fuerza para apretar su hombría. Por un rato así estuvimos, luego me acostó boca arriba y se llevó mis piernas a sus hombros. Dice mi marido que en esa posición la penetración es total y le creo, porque hasta veía estrellitas.

Bajó mis piernas y con ellas rodeé su cintura y a cada arremetida me arrancaba gemidos de placer y de dolor. Recuerdo que pegué un grito que seguramente se escuchó en todo el hotel.

Le creció tanto el miembro que sentía que iba a reventarme. Comprendí lo que ocurría: Por fin me dejó. Al sacar su pene se escuchó un sonido y empezó a salirme grandes cantidades de leche. Casi de inmediato, entró mi marido. Se le notaba una fuerte erección y una mirada lujuriosa. Me dijo, y le dije la cantidad. También me propuso comprar vestidos sexy. Se acercó y al desnudarse le vi su tremenda erección.

Se acostó a mi lado y empezó a acariciarme con ternura. Me quejé de que me dolía la vagina y todo el cuerpo. Aunque le dije que esperara a que me bañara, no quiso, me dijo que si llevaba ya dentro el semen de otro hombre, no tenía remedio.

Me besó en la boca y me puso el pene en la cara. Su lengua limpiaba mi interior con cariño, con ternura. Me quedé dormida y al rato, cuando desperté, se estaba masturbando furiosamente con una mano.

Lo vi eyacular y me abracé a él. Nos besamos y me dijo que estuvo muy bien mi debut. Platicamos y acordamos no mencionarle nada a mi novio Jorge, porque mi esposo se había comprometido con él, cuando formalizamos mi noviazgo Jorge y yo, que solamente él, mi marido, podría follarme, siempre y cuando me cuidara para que Jorge pudiera entallarme su virilidad por lo menos cada semana.

Luego nos dormimos abrazados, al fin y al cabo somos una pareja muy feliz. Yo tengo mi novio y la comprensión de mi marido, el mejor esposo que cualquier hembra pueda desear.

Salí del lugar mareada y con la entrepierna ardiendo. Le decían la Diabla porque tenía un tatuaje de un diablito sonriente en la parte baja de la espalda. Trabajaba como independiente en un prostíbulo popular en el que las mujeres alquilaban cuarto por día.

Se paseaba totalmente desnuda por el patio central cuando no le caían clientes a su cuarto. Algunos en lugar de sentirse atraídos pensaban que estaba loca. A las mujeres no les gustaba que se exhibiera y regaban la bola de que tenía sida. Entre los colegas que venían de Honduras para entrenamientos en Guatemala estaba Francisco, un compañero un tanto nervioso pero buena onda que había venido varias veces.

Era bueno en su trabajo y cumplía sus metas de ventas, así que los dueños de la empresa estaban contentos con él. Tres meses después de cambiarme a mi nuevo apartamento, mi vecino, que me alquilaba el mismo, se ganó la lotería. Siempre me pareció una buena persona. Se llamaba Gabriel, a secas, como me pidió que lo llamara. Acababa de cumplir cuarenta y no trabajaba, vivía de algunas rentas.

Con la noticia de que había ganado la lotería vi rondar la casa a varias personas que nunca había visto.

El mas pesado, por tozudo e insistente, era Manolo, se había empeñado en que tenía que ser su novia y no paraba de darme la tabarra, lo que ahora llamaríamos un acosador.

Pero de tocarme mi chochito o meterme lo que él quería nada de nada, hasta ahí podríamos llegar!! La Jesusa ya no se llamaba así, se hacía llamar Tina y cada año venía mas elegante, con mas joyas y un coche mas llamativo. Aquel año apareció con un descapotable que quitaba el hipo. Con ella si que perdían el oremus todos los tíos del pueblo. Había que ver como babeaban al verla pasar y a ella le encantaba. Tenía unos 25 años, cabello castaño, ojos verdes y unas tetas y un culo casi tan bonitos como los míos.

Recuerdo la noche que pasaron la película en la plaza, cuando Tina pasó por delante del haz del proyector y su cuerpo se recortó sobre la pantalla, los tíos empezaron a berrear y silbar como locos, incluso mi Manolo estaba salido, si no llega a ser por el cabo de la Guardia Civil, yo creo que la violan allí mismo.

Nadie sabía exactamente a qué se dedicaba Tina, que si era enfermera, dependienta, peluquera. Pero lo que si sabía todo el pueblo es que durante su estancia veraniega hacía repetidas visitas a casa del conde y parece que éste lo pasaba muy bien porque la cara de alegría le duraba hasta bien entrado el invierno.

No lo conocía y creía que iba a hacer de canguro, así que le dije que no había inconveniente. Le pregunté que por qué me lo decía a mi y me contestó que me conocía de toda la vida y que yo era muy guapa y si quería podría salir del pueblo con ella y cambiar de manera de vivir.

Entramos en su dormitorio, no había nadie en casa, así que podíamos estar tranquilas. Abrió el armario y me dejó boquiabierta, nunca había visto tanta ropa junta y zapatos si no había veinte pares no había ninguno. Lolita, mejor que te cambies toda la ropa asi seguro que vas conjuntada. Evidentemente, era una tontería tener vergüenza porque estuviera ella en el cuarto, así que empecé a desnudarme y me calcé las braguitas y el sujetador, Me miré en el espejo del ropero y hasta me impresioné yo misma.

Anda coge un vestido o lo que mas te guste. Este vestido te quedaría monísimo. Me dio un vestido que parecía una camiseta por lo corto que era.

Y parecía de goma. Ahora vamos por mí. Se desnudó y empezó a acicalarse. En un momento estaba mínimamente vestida con una minifalda y un top casi transparente. Sujetador no llevaba y no le ví ponerse bragas, como comprobaría después efectivamente no llevaba nada mas que lo que se veía.

Y así lo hicimos. A eso de las 8 de la tarde nos metimos como pudimos en el descapotable, era difícil moverse con aquellas ropas y nos fuimos a casa del conde. Menudo palacio tenía el tío. Nos abrió un mayordomo, como en las películas. Muy puesto él nos dijo:. Nos acompañó y allí estaban padre e hijo elegantemente vestidos de smoking, con una copa de champan en la mano.

Los dos eran muy atractivos y se acercaron a nosotras ofreciéndonos una copa. No me quitaba los ojos de las tetas y a mi no me molestaba nada. El champan empezaba a desinhibirme y ya no me molestaba lo mas mínimo que me mirara las tetas, ni cuando me rodeó la cintura con su brazo. Tenemos marisco, ya sabéis que es afrodisíaco. Que te entra un hormigueo aquí — puso su mano en mi entrepierna. Te sube un calorcito desde aquí, pasando por las tetas, los pezones se ponen duros — seguía la explicación con sus manos, para que pudiera entenderlo bien.

José hijo y Tina seguían dale que te pego, José padre me ayudó a sentarme, yo tenía que subirme el vestido, porque con lo estrecho que era no podía casi ni moverme. Me quedaron los muslos casi completamente al descubierto y ahí estaba el conde sin perder detalle. Ahora se estaban repartiendo las ostras y jugueteando con ellas en los labios de Tina, le pasaba la ostra por los labios y ella la lamía con la puntita de la lengua y después se la daba a él.

Me bañe y me preparé: Me preguntaba mientras me acomodaba los ligueros y mis medias blancas. Con zapatillas altas, mi maquillaje, el vestido corto y mi figura, estaba segura que tendría varios hombres dispuestos a bailar conmigo.

Pedí un taxi y salí a la disco. Bebí un poco de Amaretto y me invitaron a bailar. Bailé con tres hombres y estaba contenta, pero pasó lo inesperado. Cuando llegué al hotel, mi marido estaba acostado viendo la tele y casi lo violé.

En poco tiempo estaba sobre su tranca brincando y viniéndome una vez tras otra. De repente me dijo que quería verme con la ropa que teníamos preparada para la ocasión: Me dio el labial y me pinté nuevamente la boca.

Yo seguí el juego y le decía: Ni modo, tendría que conformarse con imaginar lo que estarían haciendo con el cuerpo de su mujercita durante las siguientes horas. Mi cliente estaba desesperado. De inmediato me abrazó y comenzó a besarme mientras, con rudeza, metía sus manos entre mis piernas. Comencé a desvestirlo y pude observar con satisfacción que se trataba de un hombre de cuerpo atlético.

Se me hacía agua la boca al mirar su miembro queriendo salir de su ropa interior. No lo pude resistir, le quité su ropa interior y me abalancé hambrienta a besar, chupar y saborear ese hermoso y gordo miembro. Con mis manos acariciaba sus testículos y sus piernas mientras chupaba y chupaba. De repente sentí que terminaría y me detuve.

Creí que iba a protestar y no. Sentía que quería meterse por mi nidito. Con mucha fuerza sorbía mis jugos y sentía que se me salía hasta el alma por ahí. Creo que mis gemidos se escuchaban hasta afuera del cuarto. Apenas pude incorporarme y meterme en la boca su fierro. Estaba grande, tieso y caliente. Mientras chupaba como desesperada me di cuenta de que sentía las piernas empapadas.

Las medias estaban pegadas a mis piernas con mucho sudor. Nuestros cuerpos estaban empapados. Empezó a vaciarse en mi boca, sentía el esperma muy adentro de mi garganta.

Era la primera vez que comía macho así. Ni siquiera a mi marido le había permitido terminar en mi boca. Los dos desfallecidos quedamos acostados, uno al lado del otro. Me colocó en rodillas y manos y comenzó a acariciar bruscamente mi trasero. Sin demora, me entalló toda su virilidad hasta el fondo. Mi apretado bollito tardó unos segundos en amoldarse al miembro. Se quedó así, sin moverse. Apenas unos segundos, y de repente comenzó a bombearme frenéticamente, como si nunca hubiera tenido una mujer.

No pude resistir, me vine nuevamente y sentí morirme de excitación cuando con sus manos intentó tomar toda mi cintura. Me tenía bien entallada y mi nidito, de tanta venida, ya no tenía fuerza para apretar su hombría. Por un rato así estuvimos, luego me acostó boca arriba y se llevó mis piernas a sus hombros.

Dice mi marido que en esa posición la penetración es total y le creo, porque hasta veía estrellitas. Bajó mis piernas y con ellas rodeé su cintura y a cada arremetida me arrancaba gemidos de placer y de dolor.

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